El 6 de febrero de 1981 apareció el cadáver del Ingeniero José María Ryan en un camino forestal entre Zarátamo y Arcocha con un disparo en la cabeza. Atado atado y amordazado, fue asesinado cobardemente por la ETA tras siete días de tortura y secuestro. Ryan tenía 39 años y dejaba 5 niños huérfanos. El 8 de febrero de 1981, el Diario "El Alcázar" publicaba este artículo de José Utrera Molina.
"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO
7 de febrero de 2020
20 de enero de 2020
El silencio culpable
Artículo publicado en La Razón el 6 de enero de 2020
El 22 de junio
de 1978, ABC publicaba un artículo firmado por mi padre, José Utrera Molina,
titulado “El silencio culpable”. Comenzaban a conocerse detalles preocupantes
de las negociaciones para la redacción del título VIII de la Constitución y
merece la pena extraer un párrafo que, leído hoy, cuatro décadas después,
resulta verdaderamente premonitorio. «El que afirma que el problema de
aceptar o no la voz nacionalidades se reduce a una cuestión terminológica, o no
tiene sentido de la política, ni de la Historia, o no obra de buena fe. En
política no hay palabras inocuas cuando se pretende con ellas movilizar
sentimientos. El término nacionalidad, remite a nación o Estado. Cuando alguien
dice que “Cataluña es la nación europea sin Estado que ha sabido mantener mejor
su identidad”, resulta muy difícil no ve que se está denunciando una «privación
del ser», que tiende «a ser colmado para alcanzar su perfección», y preparando
una sutil concienciación para reclamar un día ese estado independiente a que la
imparable dinámica del concepto de nacionalidad habrá de conducir hábilmente
manejada.»
Aquel profético
artículo le granjeó entonces el desprecio e insulto de una clase política que, afanada
en encontrar acomodo en las mullidas alfombras del consenso, le alistó para
siempre en la caverna del inmovilismo, apartándole de la vida pública. Hoy podemos
decir sin ambages, a la vista de la situación que vivimos, que algunos obraban
de mala fe, y la mayoría con una carencia absoluta de sentido de la política y
de la historia, abriendo un melón -el de las nacionalidades- que lejos de neutralizar
al separatismo, no hizo sino darle unas alas que no tenía, fomentando el
aldeanismo y la insolidaridad entre las distintas regiones de España.
La explosiva combinación
entre un título VIII jamás armonizado y una ley electoral hecha a medida de los
nacionalistas, ha acelerado un proceso de centrifugación que amenaza seriamente
la existencia de la nación más antigua de Europa. Las últimas cuatro décadas
han sido escenario de una constante cesión al separatismo por parte de los partidos
tradicionales que se han alternado en el poder, PP y PSOE, cada vez que han
necesitado los votos de las minorías nacionalistas para una investidura.
Felipe
González cedió en 1993 la corresponsabilidad fiscal (15% del IRPF) y dio paso a
las primeras transferencias. Mucho mayor fue el precio que pagó el PP de Aznar
en 1996: supresión de los gobiernos civiles (sustituidos por Delegados del
gobierno con muchas menos competencias), cesión de competencias de tráfico a
los Mossos d'Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura,
cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, política
lingüística y vivienda, además de la sustitución de los topónimos oficiales españoles
de las ciudades vascas, catalanas y gallegas por los de sus lenguas vernáculas.
En 2004 un irresponsable Zapatero llegó al poder de la mano de los
independentistas catalanes prometiendo aceptar el Estatuto que aprobase el Parlament
cuyo texto adolecía de una palmaria inconstitucionalidad, parte de la cual se
tragó el Tribunal Constitucional en una sentencia salomónica que no contentó a
nadie.
La abierta
rebeldía que vive Cataluña no es sino el resultado de cuatro décadas de
adoctrinamiento en la mentira más abyecta y en el odio a todo lo español por
parte de una clase política, no ya mediocre, sino también instalada en una
corrupción sistémica. Decía Camús que había una estrecha simbiosis entre el
odio y la mentira y ya hace décadas el catalán universal Josep Plase preguntaba
si algún día tendrían en Cataluña “una auténtica y objetiva historia, que no
contenga las memeces de las historias puramente románticas que van saliendo”. El
resultado es que hay toda una generación de catalanes instalados en un
aldeanismo cerril que ya no atiende a los tradicionales estímulos económicos
que otrora caracterizasen a sus paisanos.
Sin embargo, en
los albores de 2020, lejos de tratar de combatir al separatismo con la fuerza
de la ley, asistimos atónitos al dramático espectáculo de un presidente errático,
mitómano y debilitado dispuesto a dilapidar el Estado de derecho y reconocer naciones
por doquier y otorgar mercedes imposibles con tal de mendigar el apoyo en la
investidura de quienes están en abierta rebeldía contra España. Con no menos
sorpresa nos contemplan el resto de las naciones, viendo cómo el gobierno de
España negocia con quienes quieren destruirla como nación.
Ante esta coyuntura
hay que afirmar una y mil veces, en alta voz, que la nación española es una e
indivisible. España creó hace más de cinco siglos una nueva fórmula de
comunidad humana, basada en una innegable realidad geográfica, cultural e
histórica que hemos heredado de nuestros mayores y que debemos legar a nuestros
hijos. Hay que armonizar la unidad y la diversidad, pero nadie tiene derecho a
romper la unidad nacional porque eso sería una traición a nuestra historia y a
nuestra libertad. Cataluña no es posible sin España y España dejaría de serlo
sin Cataluña.
Callar cuando la unidad de España está en
peligro es la peor de las cobardías. Yo, al menos -como hiciera mi padre hace
ahora 42 años- no quiero dejar de sumar mi voz a las que ya se levantan frente
al riesgo clarísimo de perderla. Quiero que se sepa que no todos los españoles
estuvimos de acuerdo en quedarnos sin Patria.
Luis
Felipe Utrera-Molina
27 de noviembre de 2019
José Antonio Primo de Rivera, patrimonio de todos los españoles
Artículo publicado en La Razón el 24 de noviembre de 2019, atribuido por error en la edición impresa a mi hermano César.
Fue Enrique de Aguinaga, Decano de los cronistas madrileños quien
acertadamente definió a José Antonio como arquetipo. Y al contemplar su figura
y trayectoria cuando se cumplen 83 años de su asesinato “legal” por el gobierno
del Frente Popular, su condición de modelo se agiganta con la simple
comparación con la clase política que padecemos en la que la mediocridad es la
regla.
La vida política de José
Antonio es lo menos parecido a la historia de una ambición. Muy al contrario,
es la nobleza la verdadera fuerza motriz que impulsa todo su itinerario
político y frustra sus planes de dedicarse por entero al ejercicio del Derecho.
Porque la verdadera vocación de José Antonio fue la de abogado, profesión que
jamás abandonó del todo y en la que brilló con luz propia desde sus primeras
actuaciones profesionales hasta la extraordinariamente lúcida y rigurosa
defensa que de sus hermanos, su cuñada y de él mismo realiza ante el Tribunal
Popular de Alicante que le condenaría a muerte, no en función de un criterio
jurídico sino en el cumplimiento de las órdenes políticas del gobierno de la
República.
Esa nobleza es la que le
lleva a asumir desde muy temprano la defensa de su apellido frente a los
despiadados e injustos ataques de los que está siendo objeto la obra de su
padre, con una elegancia y un estilo que serán siempre su seña de identidad.
Sirva como muestra su impecable réplica al Decano del Colegio de Abogados de
Madrid, Sr. Bergamín, ante una velada insinuación a su apellido en la Sala del
Tribunal Supremo:
“En cuanto a mí, señor Bergamín, que nunca olvido ni olvidaré mi apellido y
cuanto debo de cariño y respeto a quien me lo ha dado, lo sé perder en cuanto
visto esta toga. Si alguna antipatía, recelo o rencor tiene con él Su Señoría,
debió también haberlo olvidado, pues aquí no somos más que dos letrados que
vienen a cumplir su misión sagrada de pedir justicia para el que la ha menester
y hemos dejado—yo por lo menos lo hago siempre—con el sombrero y el gabán en la
Sala de Togas, cuanto sea ajeno a nuestra misión—la más divina entre las
humanas—para revestirnos, con este ropaje simbólico, de la máxima serenidad, la
máxima cordura, la máxima pureza.”
Es esa noble causa y no una
ambición de poder –que podía ser legítima- la que le lleva poco a poco a entrar
en política para defender, primero, la memoria y la obra de su padre, para
formular después con enorme brío y patriótica emoción, la síntesis de un
movimiento político que superase la secular hemiplejia de los partidos
políticos al uso; es ese impulso cabal el que lleva al joven Marqués de Estella
a granjearse la antipatía de rancios caciques y ociosos señoritos para defender
con pasión una justicia social superadora de la lucha de clases, para defender
en definitiva, frente a la insolidaridad de una derecha con resabios
caciquiles, el sueño de la patria el pan y la justicia, pero especialmente para
los que no tenían pan, pues carecían de patria y de justicia.
Con apenas 30 años, el joven
José Antonio inaugura un lenguaje nuevo. En la atmósfera turbia y espesa de la
república se abre paso el ímpetu juvenil de su movimiento por su frescura y
sobre todo, por su estilo, que comienza a granjear la antipatía de tirios y
troyanos. Al recelo y antipatía de la derecha, pronto se le une el odio frontal
de una izquierda violenta, sectaria y marxista que no tarda en causar las
primeras bajas entre sus jóvenes falangistas. José Antonio, el hombre de fe, se
resiste hasta la contumacia frente a quienes lo empujan a la venganza porque
adivina en el horizonte los negros presagios de la espiral de violencia que
comenzaba a sembrar de sangre los pueblos de España. Era perfectamente
consciente de su responsabilidad sobre unos jóvenes que estaban dispuestos a
seguirle hasta la muerte.
Es entonces, en respuesta a
voces amigas que le aconsejan retirarse y volver a cultivar con sosiego su
vocación primera, cuando la nobleza de espíritu aparece de nuevo como resorte
para contestarles: “me sujetan los muertos”. Y es que su vida estaba ya
irremisiblemente ligada al sacrificio de los que cayeron por una bandera que él
mismo había llamado a defender alegre y poéticamente.
Todavía tendría tiempo de
dejar en el mundo de los vivos un testimonio estremecedor de su nobleza de
espíritu. Fueron tal vez sus últimas horas las que encumbran definitivamente en
el olimpo de la historia a un hombre cuya memoria debería ser patrimonio común
de todos los españoles. Desde la sinceridad con la que se despide de su amigo
Rafael Sánchez Mazas: “Te confieso que me horripila morir fulminado por
el trallazo de las balas, bajo el sol triste de los fusilamientos, frente a
caras desconocidas y describiendo una macabra pirueta (…) Quisiera haber muerto
despacio, en casa y cama propias, rodeado de caras familiares y respirando un
aroma religioso de sacramentos y recomendaciones de alma, es decir, con todo el
rito y la ternura de la muerte tradicional…” , a la profesión de fe hacia
su tía Ma: “Dos letras para confirmarte la buena noticia, la agradable
noticia, de que estoy preparado para morir bien, si Dios quiere que muera, y
para vivir mejor que hasta ahora, si Dios dispone que viva. (…) Dentro de pocos
momentos ya estaré ante el Divino Juez, que me ha de mirar con ojos sonrientes”.
Y, finalmente la sublime declaración de su excepcional y emocionante testamento
que debería hacer sonrojar a los sectarios funcionarios del Ministerio de la
Verdad que ahora tienen su tumba en el punto de mira: “Ojalá fuera la mía la
última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara
ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la
Patria, el Pan y la Justicia”.
A José Antonio no le han
hecho justicia los unos ni los otros. Ni los que quisieron mitificarlo
olvidando que era un hombre y orillando parte sustancial de su doctrina, ni los
que decidieron petrificar su doctrina condenando cualquier desviación, ni los
que siguen odiando su nombre porque jamás quisieron entender su mensaje. José
Antonio era la negación del sectarismo, la perfecta síntesis de la revolución y
la tradición, epítome de la elegancia y del estilo y, en definitiva, de la
nobleza en lo político y en lo personal. Pero sobre todo, un ejemplo de un español
orgulloso de serlo y sentirlo hasta el final, del que todo español cabal
debiera sentirse orgulloso, porque por encima de sus ideales, José Antonio es
patrimonio común de todos los españoles.
Luis Felipe Utrera-Molina
7 de noviembre de 2019
Franco y los judíos. Por Pedro Schwarz
Corría el año de 1943. Mi padre era el cónsul de España en la Viena ocupada por los nazis y vivíamos encima de la cancillería, en el palacio que ahora alberga nuestra embajada. Acudía yo a un colegio de lengua alemana del que era el único alumno español. No puedo borrar de la memoria algunos de los horrores que ese niño de pocos años veía al ir y venir de sus clases: ancianas mujeres judías, con la estrella de David al pecho, barriendo las calles nevadas; en el parque, los bancos del parque para judíos señalados con la estrella infamante en el respaldo; los famélicos israelitas pidiéndome comida a hurtadillas. Todo ello me parecía obra de los mismos hitlerianos sin Dios que, presos de fervor neopagano, interrumpían la misa con blasfemias.
Menos que nada olvidaré nunca las colas de judíos, fuera y dentro del edificio, a la espera del pasaporte y el visado que les permitiría huir a España. Algunas mujeres angustiadas me entregaban sus joyas para que se las diera a mi padre, con la esperanza de incitarle a que les concediera el documento salvador: él se las devolvía con el mensaje tranquilizador de que España les acogía. Siempre me ha sorprendido la ayuda que Franco prestó a los judíos perseguidos por el nazismo. No se le caían de la boca las condenas de la conspiración judeo -masónica que, estaba convencido, hacía peligrar el ser de España. Sin embargo, ya durante la Guerra civil, Franco y sus ministros dieron instrucciones a los representantes consulares de España para que protegieran de la discriminación y la expropiación a los sefardíes de los territorios que iban cayendo bajo el control de los alemanes. Tras la caída de Francia en 1940, el falangista Serrano Suñer concedió visados a numerosos judíos asquenazíes, que así salvaron la vida; y a los que conseguían atravesar la frontera, les daba salvoconducto para que pudieran pasar a Portugal y América.
Cuando Hitler, a partir de 1943, puso en marcha la llamada "solución final", la entrega de pasaportes españoles a los judíos de habla castellana en los consulados de la Europa ocupada se tomó sistemática. De resultas de esta política humanitaria salvaron la vida de 46.000 a 63.000 judíos o quizá más. ¿Quién decidió que los sefardíes eran españoles? ¿Cómo cuadraba la poca simpatía por los judíos en la España oficial de aquellos tiempos con una política tan discorde de la del amigo alemán?
Don Luis Suárez Fernández, en su obra sobre Franco y la segunda Guerra Mundial, aclara el origen de la providencial disposición que hizo de todos los sefardíes súbditos españoles en potencia: suprimido en 1923 el régimen especial que protegía a los cristianos y judíos en territorio turco, el general Primo de Rivera sometió a la firma del rey Alfonso XIII en 1924 un decreto ley que permitía a los sefardíes que lo quisieran inscribirse como españoles en cualquier consulado o embajada, sin más condiciones o limitaciones. Publicadas las leyes anti-israelíes de Nuremberg por los nazis, los representantes españoles en Alemania, y luego en Austria, los Balcanes y Grecia ocupados, hicieron gestiones para que los sefardíes que tuvieran pasaporte español se libraran de llevar visible la estrella y de pagar los impuestos confiscatorios asignados a los judíos por las autoridades alemanas.
La creciente dureza de la persecución hizo evidente que ya no bastaba con insistir en la posición legalista de que España no admitía que se conculcaran los derechos de sus súbditos. A partir de 1942, sobre todo tras el relevo de Serrano Suñer, comenzó una política sistemática de concesión de pasaportes y visados para permitir la huida de los perseguidos. Además, todos los comentaristas e historiadores subrayan que nunca fue devuelto a las autoridades alemanas ningún judío de los que conseguían entrar en España, incluso los que lo hacían clandestinamente.
Para que una actitud de mera defensa de la soberanía exterior de España se convirtiera en la política humanitaria aplicada por cónsules como mi padre en Viena o los residentes en Budapest o en París, era condición necesaria que el Gobierno de Madrid no quisiera poner en obra una decidida política antisemita. Ayuda a entender la posición española el discurso que la jefa de la sección Femenina de la Falange, Pilar Primo de Rivera, pronunció en Viena en diciembre de 1942, con mi padre entre el público: “Queremos dejar bien sentado -dijo la hermana de Jose Antonio- que nuestra oposición al judaísmo envolvería, en todo caso, un sentido estrictamente político, económico y social, y no una oposición por razones de raza o religión”.
Un día mi padre, monárquico afecto al régimen de Franco, me relató con horror que el gauleiter de Austria le había anunciado la solución del problema judío en Viena: todos los israelíes iban a ser deportados de inmediato. Así fui aprendiendo la detestación de todo lo que signifique persecución en nombre del idioma, la religión, la raza, la nación o la historia.
Relata Luis Suárez que, dos días después de la muerte de Franco y ante el arca de la sinagoga de Nueva York, el rabino hizo ofrenda por el alma del general, “porque ayudó a los judíos durante la Gran Guerra”.
Pedro SCHWARTZ
«La vanguardia Digital» ( España ), 4 de mayo de 1.999
6 de noviembre de 2019
30 de octubre de 2019
Traidores. Por José Antonio Primo de RIvera
("Arriba", núm. 12, 6 de junio de 1935) Sólo tenéis que cambiar unos nombres por otros.....nada ha cambiado
TRAIDORES
Companys y varios de sus codelincuentes han ocupado el banquillo ante el Tribunal de Garantías Constitucionales. Pérez Farrás y otros sujetos han comparecido también, como testigos. La vista se ha celebrado en Madrid, capital de lo que todavía se llama España. Companys y los suyos se alzaron en memorable fecha contra la unidad de España: trataron de romper en pedazos a España, usando los mismos instrumentos que otros llamados españoles pusieron en sus manos. Aún está bien reciente en nuestra memoria el sonido escalofriante de la "radio" en aquella noche del 6 al 7 de octubre, los gritos de ¡Catalans, a les armes, a les armes!, y las proclamas de los jefes separatistas. Era de prever que el juicio se hubiera celebrado bajo la amenaza suficiente de la cólera popular, que los acusados no hubiesen apenas encontrado defensa sino en un último llamamiento al deber inexcusable de defensa que a todos los abogados toca y que los acusados hubiesen asumido un papel respetuoso de delincuentes sometidos a la Justicia.
Pero no: el juicio oral se ha convertido en una especie de apoteosis. Los procesados se han jactado, sin disimulo, de lo que hicieron; sus defensores –no nombrados de oficio, sino surgidos gustosamente de entre las más hinchadas figuras–, se han comportado, más que como defensores, como apologistas, y ni a la puerta del Tribunal, ni en los corros habituales, ni en parte alguna de Madrid, se ha notado el más mínimo movimiento de repulsión.
Para algunos esto será indicio de que vivimos en un pueblo civilizado, tolerante y respetuoso con la justicia. Para nosotros es indicio de que vivimos en un pueblo sometido a una larga educación de conformismo enfermizo y cobarde. Si el 2 de mayo de 1808 hubiera llegado precedido de la inmunda preparación espiritual de nuestros tiempos, el pueblo, en lugar de echarse a la calle, hubiera soportado con resignación bovina la presencia de los soldados de Napoleón. Así estamos soportando ahora la afrentosa presencia del repugnante Ossorio y el indigno espectáculo de la Prensa de izquierdas, cantora, bajo burdos pretextos, de los traidores a la Patria.
Digámoslo claro: mejor que esta actitud de maridos de vaudeville francés, que va adoptando ante todo este espectáculo nuestro refinamiento, es la ferocidad impetuosa y auténtica de los pueblos que aún saben ajusticiar a sus traidores.
NUBES A LA VISTA
Sólo a los ciegos puede ocultarse la cargazón revolucionaria que otra vez va aborrascando el horizonte. La rebelión de octubre, tan desastrosamente sustanciada desde todos los puntos de vista, no ha servido tampoco a los Gobiernos para intentar una política inteligente que impida las reincidencias. La Falange, por voz autorizada, dijo que el ensayo revolucionario reciente exigía dos cosas: una liquidación rápida y neta, un análisis de las justificaciones que hubiera podido tener la rebelión, para removerlas de raíz. Se ha venido a hacer cabalmente lo contrario: no se ha intentado, de una parte, ni pensado intentar a fondo, un reajuste de la estructura social y económica, menos intolerable para los millones de españoles que viven sin comer; y de otra parte, lo que debió ser final limpio, ejemplar y escueto de los sucesos revolucionarios, se ha diluido en inacabables dilaciones y aun macabros regateos con la vida de los condenados a la última pena.
Lo que pudo ser claro punto de arranque para una política fuerte y fecunda se ha quedado en turbia confusión de política estancada. Y los revolucionarios de octubre, que no pierden una, ya empiezan a recuperar posiciones descaradamente y a iniciar las escaramuzas preliminares de otra intentona.
No hay más que verlo: cada día nos trae una nueva insolencia y una nueva muestra de la tolerancia gubernamental. Separatismo y socialismo ya lanzan sus consignas al aire como si no hubiera pasado nada. Renacen las agresiones, que no se detienen ni ante la fuerza pública. Cada mitin de un mandarín de las fuerzas aliadas es como un recuento de reclutas en preparación para el choque y como una antología, más o menos encubierta, de amenazas. Los centros donde se preparó lo de octubre reanudan su vida normal. Y así todo.
Ahora hay quien dice que el señor Portela Valladares va a reintegrarse a su puesto de Barcelona y que al Ministerio de la Gobernación va a volver el señor Salazar Alonso. Es lo único que faltaba Pero ¿es que deliramos al recordar que el señor Salazar Alonso fue ministro de la Gobernación durante el verano de 1934, mientras se preparaba todo lo de octubre? El señor Salazar empleó el estío en dos actividades igualmente útiles: en mortificar a la Falange con cierres y registros y en escribir un librito precioso (Tarea) de cartas a una señora sobre política. En tan honestos pasatiempos le sorprendió la marimorena que por poco se le mete en el mismísimo Ministerio de la Gobernación. A que eso y otras cosas no pasaran contribuyó abnegadamente la mortificada Falange, cinco de cuyos mejores dieron la vida durante los sucesos de octubre.
¿Se pretende acaso, para que la reprise sea completa, colocar también al señor Salazar en Gobernación durante el verano de 1935? Sea; compondrá otra piececita literaria; se mostrará tan pizpireta como siempre en declaraciones periodísticas y al final le cogerá la tronada. Dicen que el señor Salazar Alonso es para Gobernación el favorito de la C.E.D.A. Dios conserve la vida a los populares agrarios.
NUEVAS LINDEZAS DE LA J.A.P.
El mejor número cómico de la semana pasada ha sido otro manifiesto de la J.A.P., publicado con puntos y comas en ABC y sabiamente pasado en silencio por El Debate. Firmaban ese manifiesto el diputado a Cortes señor Calzada y otro señor, cuyo nombre sentimos mucho no recordar.
Todo lo que se pueda decir en cuanto a plagios, ya, a fuerza de descarados, divertidos, se había dado cita en el documento; cuanto conocen desde hace dos años los que nos observan – invocaciones al Imperio, unidad o comunidad de destino, hasta "yugo y flechas", así, sin embozo– ha sido embutido llanamente por el señor Calzada y su colaborador en un bloque de prosa que era un verdadero regalo del espíritu; ver nuestras frases, al pie de la letra, incrustadas sin asimilación posible entre la maraña de un estilo totalmente diverso, nos ha deparado de veras una de las más sanas alegrías experimentadas en los últimos tiempos.
Hemos conocido colaboradores espontáneos de periódicos que enviaban, firmadas por ellos, no trozos literarios apenas conocidos, sino composiciones aureoladas por la más campechana popularidad. A un diario de provincias mandó cierto espontáneo aquello de
Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto...
La redacción se sintió tan refrescada por el buen humor que hasta organizó un homenaje público al plagiario. Este lo aceptó con toda seriedad, convencido de que nadie había reparado en el hurto. ¿Por qué no organizamos un homenaje al señor Calzada, "autor" del manifiesto de la J.A.P.?
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